La Vida y Obra de Jesús de Nazaret





 La Vida y Obra de Jesús de Nazaret

La Vida de Jesús
Los hechos que vivió Jesús durante su existencia han sido la base para la fundación del cristianismo y el establecimiento de una nueva cronología a partir de su nacimiento. Para los cristianos, se trata del hijo de Dios nacido de la Virgen María. Los relatos de la Biblia constituyen la principal fuente de información sobre su vida y responden a la interpretación que hace la Iglesia cristiana, una visión que establece las creencias sobre Jesucristo y su papel. El cristianismo se centra en vivir de acuerdo con los valores que Cristo enseñó y ha marcado la cultura occidental a lo largo de toda su existencia. Actualmente es la religión más extendida del mundo y está presente en todos los continentes.



NACIMIENTO
Jesús nació en Belén, donde acudieron José y María para inscribirle en el censo. Entonces reinaba Herodes el Grande, años antes de nuestra era.


HUIDA A EGIPTO
La familia viajó a Egipto para huir de la persecución del rey de los judíos, que ordenó la degollación de los niños menores de dos años.

PRIMEROS AÑOS
Para cumplir con los requisitos de la ley judía, Jesús había sido circuncidado y presentado en el templo, un lugar al que volvió ya siendo joven, durante la fiesta de la Pascua.



VIDA OCULTA
Según los escritos de los Evangelios, desde que Jesucristo tuvo 12 años hasta que empezó su vida pública pasaron 18 años en los que se desconoce lo que pasó. A partir de esta etapa elige a sus primeros discípulos y comienza su predicación.

BAUTISMO
Juan Bautista bautiza a Jesús en el río Jordán, que luego se retira al borde del desierto durante 40 días de ayuno y meditación, en los que sufre las tentaciones del demonio. Después vuelve a Galilea, visita su hogar en Nazaret y se traslada a Cafarnaum.



DÓNDE VIVIÓ
Después de recibir el bautismo a orillas del río Jordán, Jesús comenzó su predicación en Galilea y pasó sus últimos momentos en Jerusalén. Para entonces, el Imperio Romano ya había sometido esta región de Oriente Medio (64-63 a.C.). En 1947, la ONU decidió una partición de Palestina en un Estado árabe y otro judío. Israel ocupó Cisjordania, la franja de Gaza y los altos del Golán 20 años después. En 1994, Gaza y Jericó consiguieron un régimen de autonomía.



PREDICACIÓN Y MILAGROS
Jesucristo comienza a predicar en compañía de sus discípulos y sufre la incomprensión de fariseos y saduceos. Durante esta época realiza milagros que hacen aumentar el número de sus seguidores. En sus últimos días, viaja a Jerusalén, donde expulsa a los mercaderes y cambistas del templo, y los sacerdotes y escribas conspiran contra él.

CRISTIANISMO Y JUDAÍSMO
Jesucristo nació dentro del pueblo judío y se convirtió en el fundador de una nueva religión, el cristianismo, basado en sus enseñanzas, que se recogen en los textos de los Evangelios, de las cartas de San Pablo y del libro de los Hechos de los Apóstoles (redactados a partir de los años 70 del primer siglo). Para los cristianos, que sólo admiten un Dios, Cristo abolió el cumplimiento estricto de la ley judía y la renovó. Según el judaísmo, la figura de Jesús recibe un tratamiento peyorativo y no le reconocen como el enviado de Dios.



LA ÚLTIMA CENA
Tras estos acontecimientos, Jesús celebra la cena de Pascua con sus discípulos, momento en el que se constituye el principal sacramento de la Iglesia, la eucaristía. Después de esta Última Cena se retiró al huerto de Getsemaní, donde fue arrestado. El consejo supremo de los judíos, el Sanedrín, le condenó a muerte por blasfemia, una pena ratificada por el procurador romano Poncio Pilatos.



MUERTE Y RESURRECCIÓN
Jesucristo fue llevado al Gólgota, donde se le crucificó y se le llevó a una tumba, aunque no se encontró el cuerpo. Los apóstoles, después de verle y escucharle en Jerusalén y sus proximidades, proclamaron su resurrección, un hecho que los cristianos consideran una doctrina esencial y significa la esperanza de una vida después de la muerte. Sus discípulos también vieron su posterior ascensión a los cielos.



 Biografía de Jesus 

Jesús o Jesucristo
(Jesús de Nazaret o Jesucristo; Belén, h. 6 a. C. - Jerusalén, h. 30 d. C.) Predicador judío fundador de la religión cristiana, a quien sus seguidores consideran el hijo de Dios. El nombre de Cristo significa en griego «el ungido» y viene a ser un título equivalente al de Mesías.

La vida de Jesús está narrada en los evangelios redactados por algunos de los primeros cristianos. Establecidos en Nazaret, sus padres, San José y la Virgen María, se encontraban accidentalmente en Belén para inscribirse en un censo de población cuando nació Jesús. El relato evangélico rodea el nacimiento de Jesús de una serie de prodigios que forman parte de la fe cristiana, como la genealogía que le hace descender del rey David, la virginidad de María, la anunciación del acontecimiento por un ángel y la adoración del recién nacido por los pastores y por unos astrónomos de Oriente.



Aunque la civilización cristiana fijó la cuenta de los años a partir del supuesto momento de su nacimiento (con el que daría comienzo el año primero de nuestra era), se sabe que en realidad nació un poco antes, pues fue en tiempos del rey Herodes, que murió en el año 4 a.C. Fueron precisamente las persecuciones de Herodes las que llevaron a la humilde familia, después de la circuncisión de Jesús, a refugiarse temporalmente en Egipto hasta que el fallecimiento del monarca les permitió regresar. Por lo demás, la infancia de Jesucristo transcurrió con normalidad en Nazaret, donde su padre trabajaba de carpintero.



Hacia los treinta años inició Jesucristo su breve actividad pública incorporándose a las predicaciones de su primo Juan el Bautista. Tras escuchar sus sermones, Jesús se hizo bautizar en el río Jordán, momento en que Juan lo señaló como encarnación del Mesías prometido por Dios a Abraham. Juan, que había censurado las escandalosas segundas nupcias de Herodías con Herodes Antipas, hijo y sucesor del rey Herodes, fue pronto detenido y luego decapitado a instigación de Herodías y de su hija Salomé.



Tras el bautismo y un retiro de cuarenta días en el desierto, Jesucristo comenzó su predicación. Se dirigió fundamentalmente a las masas populares, entre las cuales reclutó un grupo de fieles adeptos (los doce apóstoles), con los que recorrió Palestina. Predicaba una revisión de la religión judía basada en el amor al prójimo, el desprendimiento de los bienes materiales, el perdón y la esperanza de vida eterna; el llamado Sermón de la montaña, con sus admirables bienaventuranzas, es la mejor síntesis de su mensaje.


Su enseñanza sencilla y poética, salpicada de parábolas y anunciando un futuro de salvación para los humildes, halló un cierto eco entre los pobres. Su popularidad se acrecentó cuando corrieron noticias sobre los milagros que le atribuían sus seguidores, considerados como prueba de los poderes sobrenaturales de Jesucristo. Esta popularidad, unida a sus acusaciones directas contra la hipocresía moral de los fariseos, acabaron por preocupar a los sacerdotes y autoridades judías.



Jesús fue denunciado ante el gobernador romano, Poncio Pilato, por haberse proclamado públicamente Mesías y rey de los judíos; si lo primero era cierto, y reflejaba un conflicto de la nueva fe con las estructuras religiosas tradicionales del judaísmo, lo segundo ignoraba el hecho de que la proclamación de Jesús como rey era metafórica: aludía únicamente al «reino de Dios» y no ponía en cuestión los poderes políticos constituidos.

Consciente de que se acercaba su final, unos días antes de Pascua se dirigió a Jerusalén, donde a su entrada fue aclamado por la multitud, y expulsó a los mercaderes del Templo. Jesús celebró una última cena para despedirse de sus discípulos; luego fue apresado mientras rezaba en el Monte de los Olivos, al parecer debido a la traición de uno de ellos, llamado Judas, que indicó a los sacerdotes del Sanedrín el lugar idóneo para capturarle.



Comenzaba así la Pasión de Cristo, que le llevaría a la muerte tras sufrir múltiples penalidades; con ella daba a sus discípulos un ejemplo de sacrificio en defensa de su fe, que éstos asimilarían exponiéndose al martirio durante la época de persecuciones que siguió. Jesús fue torturado por Pilato, quien, sin embargo, prefirió dejar la suerte del reo en manos de las autoridades religiosas locales; éstas decidieron condenarle a la muerte por crucifixión. La cruz, instrumento de suplicio usual en la época, se convirtió después en símbolo básico de la religión cristiana.



Los evangelios cuentan que Jesucristo resucitó a los tres días de su muerte y se apareció diversas veces a sus discípulos, encomendándoles la difusión de la fe; cuarenta días después, según los Hechos de los Apóstoles, ascendió a los cielos. Judas se suicidó, arrepentido de su traición, mientras los apóstoles restantes se esparcían por el mundo mediterráneo para predicar la nueva religión. Uno de ellos, San Pedro, quedó al frente de la Iglesia o comunidad de los creyentes cristianos, por decisión del propio Jesucristo. Pronto se incorporarían a la predicación nuevos conversos, entre los que destacó San Pablo, que impulsó la difusión del cristianismo más allá de las fronteras del pueblo judío.



La obra de Pablo hizo que el cristianismo dejara de ser una secta judía cismática y se transformara en una religión universal, que se expandió hasta los confines del Imperio Romano hasta convertirse en el siglo IV en la confesión oficial por obra del emperador Constantino. A partir del siglo XV, con la era de los descubrimientos europeos, se difundió por el resto del mundo, siendo en nuestros días la religión más extendida de la humanidad, si bien se encuentra dividida en varias Iglesias, como la católica romana, la ortodoxa griega y las diversas protestantes.

        Los 12 Apóstoles después de Jesucristo

Muchas veces nos preguntamos sobre el destino de los apóstoles, así que nos dimos a la tarea de compilar algunas cosas sobre sus vidas. El orden de los apóstoles no tiene que ver con su importancia, más bien es en orden de aparición.
Santiago, el mayor, Boanerges, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Juan el Apóstol; un pescador que vivió en Betsaida, Capernaúm y Jerusalén. Predicó en Jerusalén y Judea y fue decapitado por Herodes, en el año 44.



Era hermano de San Juan evangelista. Se le llamaba el Mayor, para distinguirlo del otro apóstol, Santiago el Menor, que era más joven que él. Con sus padres Zebedeo y Salomé vivía en la ciudad de Betsaida, junto al Mar de Galilea, donde tenían una pequeña empresa de pesca. Tenían obreros a su servicio, y su situación económica era bastante buena pues podían ausentarse del trabajo por varias semanas, como lo hizo su hermano Juan cuando se fue a estarse una temporada en el Jordán escuchando a Juan Bautista. 



Fue el primero de los doce en convertirse en mártir. Se dice que fue decapitado por una espada. (Hechos 12, 1- 2).
El nombre Santiago, proviene de dos palabras Sant Iacob. Porque su nombre en hebreo era Jacob. Los españoles en sus batallas gritaban: “Sant Iacob, ayúdenos”. Y de tanto repetir estas dos palabras, las unieron formando una sola: Santiago.
Griego: Gyánkos 
Arameo: Ya’akov
Significado: Sostenido por el talón



Andrés
Andrés era el hermano de Pedro, e hijo de Jonás. Vivió en Betsaida y Capernaúm y era pescador antes de que Jesús lo llamara. Tuvo el honor y el privilegio de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con san Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista (Marcos 1, 16-18). Andrés trajo a su hermano Pedro a Jesús (Juan 1,40). Él es el primero en tener el título de Misionero en Casa y en el Extranjero.



De acuerdo con la tradición, Andrés murió como mártir en Acaya, Grecia, en el pueblo de Patra. Cuando la esposa del Gobernador Aepeas fue sanada y convertida a la fe cristiana, y poco después de que el hermano del Gobernador se volviera cristiano, Aepeas se enojó mucho. Él arrestó a Andrés y lo condenó a morir en la cruz. Andrés, sintiéndose indigno de ser crucificado en una cruz en la misma forma que su Maestro, suplicó que la suya sea diferente. Así que fue crucificado en una cruz con forma de X, la cual hasta el día de hoy es llamada la cruz de San Andrés y es uno de sus símbolos apostólicos. La tradición coloca su martirio el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio de Nerón.
Griego: Andreas 
Arameo: Anes
Significado: Hombre fuerte, viril



Bartolomé
Bartolomé o Natanael, hijo de Talmai, vivió en Caná de Galilea.
La tradición dice que fue misionero en Armenia. Un número de estudiosos cree que fue el único discípulo que provino de sangre real, o de una familia noble. Su nombre significa Hijo de Tolmai o Talmai
El nombre de Bartolomé aparece en cada lista de los discípulos (Mateo 10,3; Marcos 3,18; Lucas 6,14; Hechos 1,13). Este no era el primer nombre, no obstante, fue su segundo nombre. Su primer nombre probablemente era Natanael, a quién Jesús llamó “un verdadero Israelita, en quien no hay engaño.” (Juan 1,47)




Se transformó en un uno de los misioneros más aventureros de la Iglesia. Se dice de él que predicó con Felipe en Phrygia y Hierápolis; también en Armenia.
La tradición dice que él predicó en India, y su muerte parece haber tenido lugar ahí. Murió como un mártir por su Señor. Fue despellejado vivo con cuchillos.
A este santo (que fue uno de los doce apóstoles de Jesús) lo pintaban los antiguos con la piel en sus brazos como quien lleva un abrigo, porque la tradición cuenta que su martirio consistió en que le arrancaron la piel de su cuerpo, estando él aún vivo.
Griego: Bartholomaios 
Arameo: bar-Tôlmay
Significado: Hijo de Ptolomeo



Santiago, el Menor (o Más Joven)
Santiago, el menor o más joven, hijo de Alfeo, o Cleofás y María, vivió en Galilea. Fue el hermano del Apóstol Judas.

La tradición siempre lo ha identificado con el “hermano del Señor”, pariente cercano. (Mc 6,3). Es mencionado por San Pablo en su carta a los Gálatas (Gal 1, 19). Se le identifica también con aquél Santiago a quien se le aparece el Señor resucitado (1 Cor 15, 7). Es el autor de la carta del Nuevo Testamento que lleva su nombre. Predicó en Palestina y Egipto y fue crucificado en Egipto.


La tradición dice sobre su muerte que el sumo sacerdote Anás II le ordenó renegar de Jesús, pero Santiago, que estaba en lo alto del templo, aprovechando la concurrencia se puso a predicar el Evangelio. Al escuchar esto los fariseos y escribas se llenaron de furor y uno de ellos lo empujó desde lo alto. Santiago no muere de golpe, sino que es apedreado mientras rogaba a Dios de rodillas por sus asesinos. Como tardaba en morir, es golpeado en la cabeza con una maza por un batanero.
Griego: Gyánkos 
Arameo: Ya’akov
Significado: Sostenido por el talón



Juan
Juan Boanerges, hijo de Zebedeo y Salomé, hermano de Santiago, el apóstol. Fue conocido como el discípulo amado.

Él escribió el Evangelio según San Juan, 1º de Juan, 2º de Juan, 3º de Juan y Apocalipsis. Predicó entre las iglesias de Asia Menor. Desterrado en la Isla de Patmos, fue más tarde liberado y murió de muerte natural en el año 100.
Fue un hombre de acción; era muy ambicioso; y un hombre con un temperamento explosivo y un corazón intolerante. Su segundo nombre fue Boanerges, el cual significa Hijo del Trueno. Él y su hermano Santiago vinieron de una familia de mejor posición que el resto de los apóstoles.
Juan maduró con el tiempo. En la etapa posterior de su vida, se había olvidado de todo, incluso de su ambición y temperamento explosivo, excepto de su compromiso de amor para con el Señor.


Se dice que un atentado fue realizado contra su vida mediante un cáliz de veneno del cual Dios lo salvó. Murió de causas naturales.
Griego: Ioannes 
Arameo: Yohanan
Significado: El Señor es misericordioso



Judas Iscariote
Judas Iscariote, el traidor, fue el hijo de Simón quien vivió en Kerioth de Judá. Él traicionó a Jesús por treinta piezas de plata y luego se ahorcó (Mateo 26: 14,16).
Se dice que Judas vino de Judá, cerca de Jericó. Él era un judío y el resto de los discípulos eran Galileos. Era el tesorero del grupo y estaba entre los que lideraban conversaciones.

Iscariote en una primera acepción del término derivada del hebreo “seqarya”, podría significar “el mentiroso”, “el hipócrita”, lo cual no es contradictorio con la participación que los textos canónicos le reservan en el final de Jesús.
En una segunda acepción del término, por otro lado la más generalmente aceptada, “Iscariote” querría decir “natural de Keriot”, ciudad de Judea en la frontera con Edom citada en el Libro de Josué (Jos. 15, 25), lo que constituiría una vez más un dato, el de su origen, que no poseemos de casi ninguno otro de los Doce, y que convertiría a Judas en el único apóstol de Judea, y en consecuencia, no galileo.



Existe una tercera acepción, según la cual, el apelativo “Iscariote” haría referencia a una posible adscripción de Judas al grupo de los celotes, también llamados, como se sabe, sicarios, notablemente similar a Iscariote.
Vacante como queda el puesto de Judas en el colegio de apóstoles, éstos se plantean reemplazarlo, presentándose dos candidatos con parecidos méritos, José Barsabás y Matías.Y los apóstoles, echándolo a suertes, eligen a Matías. Hech. 1, 15-26
Griego: Ioudas 
Arameo: Yehudah
Significado: Alabado



Judas Tadeo
Judas Tadeo, o Lebeo, hijo de Alfeo o Cleofás y María. Hay quienes afirman que San Judas Tadeo era hermano del Apóstol Santiago, el hijo de Alfeo (Cleofás), quien era hermano del justo San José. Según sostiene un documento publicado por la Congregación para el Clero, Cleofás se casó con María de Cleofás, después de enviudar de su primer matrimonio del que nació San Judas Tadeo. Por lo tanto, Santiago el Menor y Judas serían primos de Jesús y sobrinos de San José y la Santísima Virgen. Tadeo se considera que viene del arameo “taddà’”, que quiere decir “pecho” y por lo tanto significaría “magnánimo”. Judas significa “alabanzas sean dadas a Dios”. Fue hermano de Santiago el más joven. Fue uno de los apóstoles de los que se sabe poco y vivió en Galilea. La tradición dice que predicó en Asiria y Persia y murió como mártir en Persia.



San Jerónimo lo llamó “Trinomios” lo cual significa “un hombre con tres nombres”. En Marcos 3,18 es llamado Tadeo. En Mateo 10,3 es llamado Lebeo. Su apellido era Tadeo. En Lucas 6,16 y Hechos 1,13 es llamado Judas el hermano de Santiago. Judas. La Epístola o Carta de Judas forma parte del Nuevo Testamento y es atribuida a San Judas Tadeo.
Se ha dicho que Judas fue a predicar el Evangelio en Edesa cerca del Río Éufrates. Allí sanó a varios y muchos creyeron en el nombre del Maestro. Judas fue desde allí a predicar el Evangelio en otros lugares. Según la tradición le cortaron la cabeza con un hacha en el Ararat.
Griego: Ioudas 
Arameo: Yehudah
Significado: Alabado



Mateo
Dos de los cuatro evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, mientras que San Marcos lo llama, “hijo de Alfeo”. Posiblemente Leví era su nombre original y adoptó el mismo el nombre de Mateo cuando se convirtió en seguidor de Jesús. Fue un publicano o cobrador de impuestos. Él escribió el evangelio que lleva su nombre. Murió como mártir en Etiopía.
El hecho sobresaliente sobre él es que fue un recaudador de impuestos. El cobrador de impuestos era odiado no sólo sobre el terreno religioso sino también porque la mayoría eran notablemente injustos.



En las mentes de varios hombres Judíos honestos, estos cobradores de impuestos eran considerados como criminales. Aun así, Jesús eligió un hombre a quien todos los hombres odiaban y lo hizo uno de los suyos. El hombre promedio habría pensado que era imposible reformar a Mateo, pero para Dios todas las cosas son posibles. Fue martirizado por oponerse al matrimonio del rey Hirciaco con su sobrina Ifigenia, la cual se había convertido al cristianismo por la predicación del Apóstol. Se dice que murió decapitado con una espada.
Griego: Matthaios 
Arameo: Mattityahu
Significado: Regalo de Dios



Pedro
Simón Pedro, hijo de Jonás, era un pescador que vivió en Betsaida y Capernaúm. El nombre verdadero y originario de San Pedro era Simón, que aparece a veces como Simeón. Hizo trabajo evangelístico y misionero entre los judíos, yendo tan lejos como a Babilonia. En cada lista apostólica, el nombre Pedro es mencionado en primer lugar. Fue nombrado piedra
Su nombre griego fue Simón. Su nombre hebreo fue Cefas. El significado griego de Simón es roca. El significado árabe de Cefas también es roca. Pedro era galileo también como lo fueron varios de los otros discípulos. Cristo resucitado es el fundamento de la Iglesia: “porque nadie puede poner otro fundamento que el que está ya puesto, que es Jesucristo” -1 Cor 3,10. Sin embargo, el mismo Jesús quiso que su Iglesia tuviese un fundamento visible que serán Pedro y sus sucesores. Jesús presenta la vocación singular de Pedro en la imagen de roca firme. Pedro= Petros= Quefá= Piedra= Roca. Es el primero que Jesús llama y lo nombra roca sobre la cual construirá su Iglesia. Pedro es el primer Papa ya que recibió la suprema potestad pontificia del mismo Jesucristo.


Es verdad, Pedro cometió muchos errores, pero tuvo siempre la gracia salvadora del corazón amante. No importa cuántas veces se hubo caído y fallado, siempre recuperó su coraje e integridad.
La tradición dice que fue crucificado en Roma con la cabeza hacia abajo. Pedro solicitó que lo crucificaran cabeza abajo porque no era digno de morir como su Señor había muerto.
Griego: Petros 
Arameo: Kephas
Significado: Piedra



Felipe
San Felipe era originario de Betsadia, (Galilea) y de profesión pescador. Junto con Andrés, son los únicos que tienen nombres griegos entre los apóstoles. San Felipe es quien invita a Natanael a conocer al Señor (Jn 1, 45). La tradición dice que Felipe predicó en las regiones de Frigia, actualmente Turquía, y Escitia, actualmente Moldavia, Ucrania, Hungría y el este de Rusia y murió como mártir en Hierapolis. El Evangelio de Juan muestra a Felipe como uno de los primeros entre tantos a quienes Jesús les dirigió la palabra “Sígueme.” Escritores de la Iglesia primitiva y Eusebio, historiador de la Iglesia, afirman que San Felipe predicó el Evangelio en Frigia y murió en Hierápolis. Papías, obispo de este lugar, supo por las hijas del apóstol, que a Felipe se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto.



Fue martirizado y muerto en Hierápolis. Su martirio consistió en ser crucificado y apedreado.
Griego: Philippos 
Arameo:
Significado: Amigo de los caballos
Simón
Simón, el Zelote, uno de los apenas conocidos seguidores llamado Cananeo o Zelote para distinguirlo de Pedro, vivió en Galilea. El nombre no significa que haya formado parte de los Zelotes, sino que él era muy celoso a la ley Judía, la cual el practicaba antes de ser llamado por el Señor. San Jerónimo y otros asumen incorrectamente que Cana fue su lugar de nacimiento; y entonces, por eso era llamado Cananeo.



Los Avecínanos relatan que sufrió la crucifixión como obispo de Jerusalén, luego de haber predicado el Evangelio en Samaria. No se sabe con certeza en que lugar predicó el evangelio. Se habla de casi todos los lugares conocidos de ese entonces, incluso se han mencionado que llego hasta Gran Bretaña; según los Griegos, predico en el Mar Negro, en Egipto, el Norte de África, y Gran Bretaña. Todo esto según la tradición.
Griego: Simon
Arameo: Shim’on
Significado: El que ha escuchado a Dios



Tomás
Tomás Dídimos vivió en Galilea. La tradición dice que Tomás predicó el Evangelio a los partos, medos, persas e hircanios, y que después pasó a la India. Se cree que Santo Tomás sufrió el martirio en la costa de Coromandel, India, donde su cuerpo fue descubierto, con ciertas marcas de que fue muerto con lanzas y ese tipo de muerte es tradición en los países del Este. Se sabe que su cuerpo fue trasladado a Edessa, donde fue enterrado en los grandes sepulcros donde también se hallaban San Pedro, San Pablo y San Juan.
Tomás fue su nombre hebreo y Dídimos su nombre griego. En Juan 20, 25 lo vemos diciendo que a menos que vea las marcas en las manos de Jesús y en su costado, él no iba a creer. Por esto Tomás llegó a ser conocido como Tomás el incrédulo.
Se dice que él fue encargado para construir un palacio para el rey de India, y fue muerto con una lanza como mártir por su Señor.
Griego: Thomás
Arameo: Tau’ma
Significado: Gemelo


                                              Los evangelios

En términos teológicos, Nuevo Testamento significa la Nueva Alianza establecida por Dios con toda la humanidad en su Hijo Jesucristo, continuación y cumplimiento de aquella primera Antigua Alianza establecida con su pueblo escogido, el pueblo de Israel, en el monte Sinaí. Desde el punto de vista literario, se entiende por Nuevo Testamento el conjunto de libros en los cuales los discípulos de Jesús dejaron constancia de la instauración y primeros años de esa nueva y definitiva alianza. El Nuevo Testamento se compone de 27 libros, aceptados unánimemente por católicos, ortodoxos y protestantes: los cuatro Evangelios, el Libro de los Hechos de los Apóstoles, las trece Epístolas de San Pablo, la Epístola a los Hebreos, las siete Epístolas Católicas de Santiago, San Pedro, San Juan y San Judas y el Apocalipsis de San Juan.



Los cuatro evangelios nos informan sobre la manera en que eran recibidas en las primeras comunidades cristianas la vida y la enseñanza de Jesús. Es necesario advertir que, en el momento de la consignación por escrito de las tradiciones evangélicas transmitidas en las primeras comunidades cristianas, varios de los apóstoles todavía vivían. Los Hechos de los Apóstoles (redactado probablemente por Lucas entre los años 65-80) describen de manera viva y detallada, aunque sólo parcialmente, los comienzos de la Iglesia desde la Ascensión y Pentecostés (hacia el año 30) hasta la llegada de Pablo a Roma hacia el año 61. Lucas, compañero de Pablo, fue un testigo de primera mano en todo lo que se refiere a la misión y viajes de su maestro y a las comunidades por él fundadas.



A diferencia de los escritos del Antiguo Testamento, los del Nuevo Testamento fueron compuestos en un breve lapso de tiempo; concretamente, durante la segunda mitad del siglo I. Todos ellos nacieron en las comunidades cristianas y tuvieron la finalidad de consolidar la fe de las mismas y de las nuevas que se iban fundando. Resulta difícil determinar la fecha en que los distintos libros del Nuevo Testamento fueron redactados; pero, con el apoyo de criterios internos y externos, sí se puede determinar un cierto orden cronológico en su aparición y, en muchos casos, la época en que fueron escritos.
Así, por ejemplo, las Epístolas de San Pablo fueron escritas entre los años 50 y 67. La primera de las Epístolas de Pedro fue escrita un poco antes del 64, mientras que la segunda (escrita no por él sino por algún discípulo) y la de Santiago son difíciles de datar. Los Evangelios y el Libro de los Hechos de los Apóstoles fueron escritos entre los años 65 y 100. De finales del siglo I son las Epístolas de Juan y de Judas, así como el Apocalipsis y la Epístola a los Hebreos.



Fueron muchos los cristianos que se propusieron contar en sus escritos cuanto había ocurrido desde el principio, tal y como nos lo advierte Lucas al inicio de su evangelio (1,1). Pero no todos esos escritos del siglo I fueron aceptados como inspirados por Dios y, por lo tanto, admitidos como parte de las Sagradas Escrituras. Se hizo una selección antes de incluirlos en un canon. Los criterios utilizados para determinar la canonicidad de los escritos fueron tres: 1°) el origen apostólico de un escrito, es decir, que hubiera sido escrito por un apóstol o por un discípulo directo de algún apóstol; 2°) la plena concordancia del escrito con la tradición viva de la Iglesia, es decir, su ortodoxia; 3°) la utilización de los escritos en la lectura pública de un buen número de iglesias.


A finales del siglo II, el apologista Taciano, discípulo de Justino, fusionó en uno los cuatro evangelios, en la obra llamada Diatesarón ("cuatro en uno"); esa obra fue traducida a varios idiomas y adoptada como base de la catequesis para pueblos bárbaros que iban llegando al Imperio romano. Ello demuestra que los cuatro evangelios no gozaban todavía de la autoridad que luego tuvieron, aunque ya habían comenzado a ser citados como tales desde mediados del siglo II. La lista de obras más antigua que conocemos es la del llamado "canon de Muratori", un texto del siglo II descubierto por el investigador Muratori en 1740. Este documento, del que falta la parte inicial que ciertamente hablaba de Mateo y Marcos, menciona los evangelios de Lucas y Juan, el Libro de los Hechos de los Apóstoles, las Epístolas de San Pablo, las Epístolas Católicas y el Apocalipsis.



En el siglo III se comenzó a dar 
l nombre de Nuevo Testamento al conjunto de los escritos considerados canónicos. Pero la lista no estaba completamente definida. Ésta aparece por primera vez en los escritos del historiador del siglo IV Eusebio de Cesarea, el cual, sin embargo, refleja la duda sobre la canonicidad del Apocalipsis, que era rechazado todavía por varios teólogos, especialmente los orientales. Sería San Atanasio quien a finales del mismo siglo IV consiguió que el libro fuera también aceptado por los orientales.



 El primer catálogo completo del Nuevo Testamento fue promulgado, junto con el canon católico actual para el Antiguo Testamento, en el concilio de Hipona (norte de África) en el año 393. Fue luego confirmado por el concilio de Cartago en el 419 y por los orientales en el concilio de Trullo (692). Y también por los concilios ecuménicos de Florencia (1441, contra los jacobitas) y de Trento (1546) para zanjar la cuestión ante las dudas proferidas por Lutero y otros reformistas respecto a la autenticidad de la Epístola a los Hebreos, de las Epístolas de Santiago y Lucas y del Apocalipsis. Hoy día no existe ninguna divergencia entre ortodoxos, católicos y protestantes respecto al canon del Nuevo Testamento.
En el Nuevo Testamento la palabra evangelio significa "buena noticia" y está usada para expresar todo el contenido de la misión de Jesús y de la predicación primitiva. En labios de Jesús, evangelio significa la buena noticia de que el reino de Dios ha comenzado a hacerse presente entre los hombres (Mc 1,14-15). En la predicación apostólica, significa la buena noticia de la muerte y resurrección de Jesús, porque en estos acontecimientos descubrían que Dios había comenzado a cumplir sus promesas.



El evangelio y su mensaje es uno, pero está expresado en diversas teologías o diversos enfoques según los diversos escritos. Tenemos en primer lugar el enfoque de los cuatro Evangelios y del Libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos ofrecen una teología de la memoria de Jesús; estos libros tienen como finalidad demostrar que la predicación de Jesús es algo histórico y no un sistema ideológico abstracto. Luego se encuentra la teología kerigmática, propia de la mayor parte de las Epístolas de San Pablo y de la Epístola a los Hebreos: es la teología del anuncio, del pregón de aquello que los apóstoles han vivido y experimentado, experiencia centrada en la resurrección del crucificado. La teología de la praxis consiste en orientaciones sobre práctica de la vida cristiana; es verdad que casi todas las cartas contienen alguna orientación en este sentido, pero algunas, como la de Santiago y la primera de Pedro, lo hacen con una insistencia particular. Otras, como la de Judas, la segunda de Pedro y las de Juan, se centran más concretamente en orientaciones para los casos de divisiones internas en las comunidades. Finalmente tenemos la teología profética, propia del Apocalipsis, que entronca con el profetismo del Antiguo Testamento y proporciona elementos para una interpretación de la historia a la luz de la venida de Cristo.


El Evangelio de San Mateo
Mateo era perceptor de impuestos en Cafarnaum, por donde pasaba el "camino del mar" que recorrían las caravanas que desde el interior de Siria se dirigían a los centros mercantiles del Mediterráneo y de Egipto. La vocación de Mateo al apostolado se conoce con cierto detalle, como en general la de los principales seguidores de Jesús. Su condición de publicano le situaba moralmente al margen de la sociedad palestina, que consideraba a los recaudadores de impuestos como pecadores públicos por razón de su odiado oficio. Jesús, pasando por Cafarnaum, vio a Mateo en su escritorio y le invitó a que le siguiese. Mateo respondió a su llamada e invitó a sus compañeros a un solemne banquete de despedida, al cual asistió Jesús. Emprendió así la sublime aventura del apostolado abandonando sus registros y su oro, a los que no podría ya volver.




Testigo fiel de la vida de Cristo, recogió primero en lengua aramea un considerable caudal de "dichos" y actos (sobre todo de discursos) del Salvador, particularmente en vistas a una apología del cristianismo ante los judíos. El Evangelio de San Mateo es el primero de los Evangelios, y fue escrito en Jerusalén, originalmente en lengua aramea, traduciéndose luego al griego. No se conoce exactamente la fecha de su composición. Según el testimonio de San Ireneo, que afirma que lo escribió "mientras San Pedro y San Pablo divulgaban la buena nueva del Evangelio en Roma", cabe suponer que fue alrededor de los años 63-67 d.C. Junto con los Evangelios de San Marcos y San Lucas constituye el grupo de los tres Evangelios llamados "sinópticos", semejantes por su léxico, por la selección de los relatos y por el orden, y tan sólo diferentes en ciertos detalles.



El libro se divide en tres partes. La primera narra la infancia de Jesús y su vida oculta (I, 11): la genealogía de Jesús, la concepción virginal y el nacimiento del Salvador, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y el retorno de este país. La segunda parte describe la vida pública de Jesús (III-XXV). Se presentan algunos hechos de su predicación, así como las circunstancias que vienen a demostrar que Jesús, aunque rechazado por el Sanedrín, es el Mesías, a la vez que señalan la verdadera naturaleza del reino de Dios. Finalmente, la parte tercera relata la pasión y el triunfo de Cristo (XXVI-XXVII): los preparativos de la Pasión, la Pasión y muerte de Jesús, su glorificación, resurrección y apariciones. La conexión entre los diversos episodios se realiza mediante procedimientos muy elementales, y, a veces, resumiendo lo que anteriormente se ha dicho.



El relato de San Mateo no constituye una biografía histórica de Jesús, como tampoco lo son las narraciones de los demás evangelistas. San Mateo reúne y enlaza las palabras y hechos de Jesús, pronunciadas o acaecidos en circunstancias diversas. La predicación de Jesús, las parábolas (en número de ocho), las máximas y los discursos mantienen esta estrecha unión. Ha sido posible concretar en San Mateo una distribución de los relatos y máximas en tríadas y septenarios. Así, la tentación tiene tres episodios, y Jesús reza por tres veces en Getsemaní. El número siete es el de las virtudes, las peticiones del Padre Nuestro, las parábolas del capítulo XIII, las maldiciones del capítulo XIII; también se recomienda perdonar setenta veces siete (XVIII, 22).


En conjunto puede decirse que si el estilo de San Mateo ofrece algunas características peculiares, éstas no le alejan, como a otros escritores sagrados, de la lengua clásica. Comparado con el de San Marcos, el vocabulario del Evangelio de San Mateo contiene menor proporción de elementos que no se encuentran en la lengua clásica ni en los escritores. En cambio, el narrador se muestra completamente extraño a la cultura grecolatina, habituado a la lectura de la Biblia griega, de la que adopta la especial fraseología. Largos discursos rompen la monotonía de la narración. Entre ellos es celebérrimo el "Sermón de la Montaña", tan elevado de contenido como penetrado de verdadera poesía. Asimismo, la invectiva contra los fariseos recuerda el apasionamiento de algunos fragmentos proféticos de Isaías. Las numerosas máximas confieren una originalidad característica al Evangelio de San Mateo. Tranquilo y objetivo en su relato, Mateo revela cualidades de orden y de armonía que evidentemente responden a su mentalidad semítica, y no renuncia a dejar que asomen de vez en cuando indicios de su antigua profesión, como puede verse por sus precisas referencias a todo cuanto tiene que ver con el comercio y con la moneda.



La preocupación por cimentar la vida de Jesús en las profecías del Antiguo Testamento da a su breve libro un tono solemne, con ecos que se pierden en la lejanía de los milenios. Los primeros adversarios paganos del cristianismo, Celso, Porfirio y Juliano, hacían hincapié en la vocación de Mateo para acusar a la nueva religión de inhumana locura; pero si el gesto de Mateo fue el resultado de una madura meditación sobre cuanto Jesús había dicho y hecho en Cafarnaum, no por ello perdió ni un ápice de su valentía, y revela una audacia de la que los antiguos no tenían ejemplo. El "sermón de la montaña", que Mateo es el único que transcribe ampliamente (cap. V-VII), es uno de los signos de su sensibilidad religiosa y poética.



El Evangelio de San Marcos
En la historia de la Iglesia primitiva, Marcos es una figura secundaria, pero llena de gracia y de vivacidad. Muchos autores le sitúan en el relato evangélico, identificándole con el jovencito que, en Getsemaní, apareció vestido únicamente con una sábana, despertado por el barullo de la gente armada que había llegado para capturar a Jesús. También fueron puestas las manos sobre el incauto espectador, quien, sin embargo, abandonando su ligera indumentaria, logró escapar (Evangelio de San Marcos, cap. XIV, 51).



Marcos fue uno de aquellos apreciables hombres que renuncian a destacar para consagrarse al servicio de una personalidad de mayores iniciativas. De familia acomodada, dio sus primeros pasos en el apostolado con su primo San Bernabé y con San Pablo, a quienes sirvió como "ministro" en el primer viaje misionero, reservándose las funciones exteriores para aliviar a aquéllos. Inesperadamente, le faltaron los ánimos y quiso volver atrás, y así, en el siguiente viaje, San Pablo no le quiso entre sus acompañantes.



Aparece luego en Asia Menor asociado al ministerio de San Pedro, quien le dio pruebas de un cariño paternal. En Roma fue nuevamente compañero de San Pablo, que le manifestó particular estimación preguntando por él desde Éfeso en la época de su último cautiverio. En la Ciudad Eterna se le pidió que reuniera los recuerdos de San Pedro acerca de la vida de Jesús, y, de esta suerte, escribió el segundo Evangelio, en el que la divina figura del Maestro revive con una riqueza de matices concretos y de colores que hacen de la minúscula obra la biografía más rápida pero asimismo más ágil y dramática de Jesús.


Una tradición histórica segura sitúa en efecto la redacción de este Evangelio en estrecha dependencia con el Apóstol Pedro. Los testimonios al respecto de Papias, de San Justino o de Ireneo, en una época cercana al autor, son en extremo importantes. San Clemente de Alejandría añade: "algunos oyentes de las predicaciones de San Pedro en Roma rogaron a Marcos que pusiera para ellos por escrito lo que predicaba Pedro... Marcos los había contentado. Cuando Pedro lo supo, no prohibió a Marcos que lo publicase ni lo animó a ello; pero luego de reconocer la verdad de lo que allí estaba escrito, aprobó el contenido". Una confirmación de que "Marcos escribió su Evangelio como oyó del Apóstol Pedro" la tenemos en el mismo texto. En efecto, en él se ponen de relieve las acciones de Pedro que redundan en su desdoro y, en cambio, se callan las contadas por otros evangelistas, que redundan en su gloria. Así, San Marcos describe más minuciosamente que los otros evangelistas la triple negación de Pedro. Entre los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles y el segundo Evangelio se advierte además una analogía de concepción y desarrollo de catequesis que hace verosímil la existencia de una relación de dependencia entre las dos obras.



Escrito en lengua griega en Roma, en fecha incierta, el Evangelio de San Marcos es el más breve de los cuatro. Prescinde de exponer noticia alguna de la vida infantil de Jesús, y cuenta sólo su vida pública, comenzando con las palabras "Principio del Evangelio de Jesucristo Hijo de Dios". Puede dividirse en cuatro partes. En la primera, la del comienzo del ministerio público, se desarrollan la predicación de Juan Bautista en el desierto (I, 1-5) de donde le viene al evangelista el símbolo del león; el bautismo de Jesús y su retiro en el desierto (I, 9-13); la predicación del Evangelio del Reino de Dios en Cafarnaum y en sus alrededores (I, 14-III, 35), y la enseñanza y los milagros en torno al lago de Tiberíades (IV, 1 - V, 43). La segunda parte relata el ministerio de Jesús en Galilea; Jesús vuelve a su Patria, escoge a sus discípulos, y con ellos se va luego más allá del mar de Tiberíades (VI, 1 - VII, 23); de allí a la Galilea septentrional, a Tiro y Sidón; después de haber obrado milagros pasa por Cesarea de Filipo, desciende al Tabor y finalmente se vuelve a hallar en Cafarnaum (VII, 24-IX, 50). En la tercera parte, Jesús cruza Perea y va a Judea (X). En la cuarta y última son descritas la Semana Santa y la Pasión (XI, 1 - XVI, 18). El Apéndice (XVI, 19 - XX) trata de la misión de Jesús y de la eficacia de la misión Apostólica.



Prescindiendo de la primera parte, que puede ser considerada como un proemio, en la segunda, dedicada al ministerio de Jesús en Galilea, el orden de las narraciones parece ser histórico y geográfico, como lo demuestran las muchas indicaciones espaciales y temporales. Sin embargo, no puede excluirse que este orden sea un poco artificial; no es, en efecto, muy verosímil que Jesús no hubiera pasado nunca dos veces por la misma región. Como en el Evangelio de San Mateo, también en éste se nota un progreso lento en la revelación mesiánica. Jesús, al comienzo de su ministerio, no hace indicación alguna a sus discípulos de su misión; los prepara poco a poco, y finalmente hace proclamar a Pedro que Él es el Mesías Hijo de Dios. Da a conocer progresivamente lo que debe ser el reino mesiánico y llega a predecir muy tarde su Pasión, Muerte y Resurrección.


El relato de San Marcos es, en general, idéntico al de San Mateo y San Lucas. Sólo contiene cinco trozos propios: dos parábolas, dos milagros y un fragmento histórico en el capítulo tercero (III, 20-21), que refiere la inquietud de los padres de Jesús. Las dos parábolas propias de San Marcos son las de la semilla que crece (IV, 26-29) y la del amo que parte de su casa y no sabe cuándo volverá (XIII-34). Los dos milagros son la curación de un sordomudo (VII, 31-36) y la curación del ciego de Betsaida (VIII, 22-26). San Marcos nos ha legado además algunas frases características de Jesús, pasadas en silencio por otros evangelistas: "El sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado" (I, 27) o "Todas estas cosas malas proceden de dentro" (VII, 22). Los sentimientos de odio que se manifiestan en los adversarios de Jesús son expresados de la misma manera por los otros dos Sinópticos, pero hay un pormenor de gran importancia: los Herodianos se habían unido con los Fariseos y los Escribas contra Jesús (III, 6).



San Marcos da a conocer las disposiciones de los discípulos hacia el Maestro, pero refiere además los sentimientos y las impresiones del propio Jesús: "Jesús, vueltos los ojos hacia ellos con ira" (II, 5); "tuvo compasión de la muchedumbre que le seguía porque eran como ovejas que no tienen pastor, y se puso a instruirlos largamente" (VI, 34). Otra de las características de San Marcos es su procedimiento de dramatizar la narración: no expone los hechos sino que los traduce en acción y pone en boca de Jesús el discurso directo.
Frente a los otros evangelistas, aparecen además como peculiaridades de Marcos su percepción de lo popular y su estilo agudo y literariamente despreocupado. La tradición habla de su origen levítico e indica una particularidad fisiológica suya: tenía los dedos cortos. Simbolizado, como los otros evangelistas, por uno de los cuatro ríos terminales y, posteriormente, por el león alado del Apocalipsis, la iconografía medieval lo representó a menudo acompañado por San Pedro, que le dicta el Evangelio.



El Evangelio de San Lucas
Al evangelista Lucas, discípulo y compañero de San Pablo en sus últimos viajes y en su prisión en Roma, se le atribuye el tercer Evangelio; la autenticidad del libro quedó acreditada por el testimonio patrístico y el canon de Muratori. Médico de profesión y antioqueno, San Lucas es el más erudito de los autores del Nuevo Testamento. Escritor doctísimo y escrupuloso historiador, emplea a veces un griego de refinada elegancia, y en algunos casos no rehuye la imitación de modelos semíticos. Dante le definió como "el cronista de la magnanimidad de Cristo", y, efectivamente, Lucas se muestra sensible a cuantos dichos y hechos del Maestro expresan a lo vivo el espíritu de caridad del Evangelio.



Dotado de una sensibilidad delicadísima, pone cuidadosamente de relieve el papel de las mujeres en la historia de Jesús, y narra con gracia inimitable los episodios de la infancia del Salvador. El arte le debe todos los temas de inspiración evangélica más apreciados y frecuentes. Una tradición le hace pintor; de esta profesión conoció, si no la técnica, por lo menos el arte de una representación esencial y dramática de los acontecimientos. San Lucas recogió las parábolas de Jesús más expresivas y de supremo valor no solamente religioso y humano, sino también literario (por ejemplo, El hijo pródigo, El buen samaritano, Lázaro y el rico Epulón o El fariseo y el publicano).

Autor también de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas tuvo conciencia de ser el primer historiador del cristianismo, y elaboró las dos obras con segura intuición y método riguroso. La presencia de su personalidad sólo se vislumbra a través del gusto y de la medida con que dispone y refiere el material que había ido recogiendo de fuentes incontrovertibles mediante largas indagaciones. Dijo Renan que el Evangelio de San Lucas es el mejor libro que jamás se haya escrito; y hubiera podido añadir que la personalidad de su autor es una de las más vivas y cordiales de cuantas gravitan en la órbita de los protagonistas principales de la historia del cristianismo primitivo. Además de ser el primer historiador cristiano, es también el primer artista de la nueva religión. En la proximidad de San Pablo, Lucas vivió un cristianismo profundo, cuyos orígenes y primeros progresos expresó bajo el sello de la poesía y la verdad.



Escrito en griego entre los años 60-63 d. de C., el Evangelio de San Lucas fue quizás compuesto en la misma capital romana. En su organización, admirable incluso desde el punto de vista literario, pueden apreciarse, tras un prefacio (I, 1-4), cinco partes. Primera parte: infancia; anuncio del Precursor y del nacimiento de Jesús; visita de María a Santa Isabel; nacimiento del Precursor y de Jesús; presentación en el Templo; Jesús entre los doctores (I, 5 - II, 52). Segunda parte: preparación a la vida pública; predicación de San Juan Bautista; bautismo (genealogía) y tentaciones de Jesús (III-IV,13); ministerio de Jesús en Galilea; milagros y predicación, como en los otros Sinópticos (IV, 14 - IX, 50). Tercera parte: último viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén; milagros y predicación, como en los otros Sinópticos (IX, 51 - XIX, 28). Cuarta parte: historia de la pasión y muerte de Jesús, como en los otros Sinópticos (XIX, 29 - XXIII, 55). Quinta parte: resurrección de Jesús, su aparición, su ascensión (XXIV, 1-52).



Los episodios que aparecen exclusivamente en el Evangelio de San Lucas son muy numerosos. Desde el punto de vista lingüístico, el vocabulario es más rico que el de los demás evangelistas y autores sagrados; y si bien el libro debe incluirse entre las producciones del griego vulgar, posee con todo una superioridad que lo aproxima a los clásicos. Lucas evita hebraísmos, aramaísmos y latinismos; sabe componer con arte y dar a sus narraciones un carácter a la vez simple y grandioso, expresar con gracia los diversos sentimientos de las personas que introduce en escena y retratarlas de manera perfecta.

El evangelista advierte en el prefacio que se propone hacer una obra histórica. En su prólogo imita a los grandes historiadores griegos (Herodoto, Tucídides y Polibio), y, a semejanza de ellos, comienza su libro señalando las fuentes en que se inspiran sus relatos, cómo los compone y el objetivo que persigue. Relaciona sus datos cronológicos con los de la historia profana (II, 13-III, 1), pero, al igual que los otros Sinópticos, no es un simple cronista de la vida de Jesús; algunas veces, como San Mateo y San Marcos, reúne discursos y milagros hechos en distintas circunstancias. Desde el punto de vista doctrinal, el Evangelio de San Lucas es llamado "ebionita", es decir, Evangelio de los pobres. La pobreza triunfa sobre la riqueza terrena, y, en medio de una luz maravillosa, aparece la doctrina de la salvación universal: el individualismo judío queda vencido.



El Evangelio de San Juan
Autor además del Apocalipsis y de tres Epístolas, San Juan prevalece netamente sobre los demás evangelistas incluso en la iconografía, gracias al importante lugar que corresponde a Juan en todas las representaciones de la cena y de la crucifixión. Entre los doce discípulos que siguieron a Jesucristo, San Juan es el personaje más claramente dibujado por los Evangelios. Ya los tres Sinópticos dan a su figura un especial relieve, pero los escritos del propio Juan le añaden abundantes recuerdos personales y revelan, en un lenguaje humilde y sutil, los más recónditos pliegues de su alma. La misma perífrasis con que Juan se designa tímidamente a sí mismo como "el discípulo amado de Jesús", recoge de lleno, resumiéndolas, las características de su personalidad y de la aventura espiritual a que ésta estaba destinada. En efecto, sólo gracias a aquella predilección de Jesús se pone de manifiesto su riqueza interior.



Nacido en el seno de una acomodada familia de pescadores de Cafarnaum o de la vecina Betsaida, San Juan fue uno de los primeros seguidores de Jesús y formó parte de aquel triunvirato de íntimos que tuvo el privilegio de asistir a los episodios más significativos de la vida del maestro, como la resurrección de la hija de Jairo o la agonía de Getsemaní. En la última cena, San Juan reposó la cabeza en el pecho de Cristo (si se identifica a Juan con el anónimo discípulo predilecto del cuarto Evangelio) y fue el único de los Apóstoles que estuvo presente en la crucifixión.

El evangelista fue acogido en la familia carnal de Jesús, convirtiéndose en el fiel guardián de María, y llegó a ser el más sublime cantor del amor cristiano. Suya es la frase "Dios es amor", y, antes de ser desterrado a Patmos, y luego de haber sufrido, según se cuenta, la inmersión en una caldera de aceite hirviendo sin sentir daño alguno, aconsejaba a los discípulos: "Hijos míos, amaos los unos a los otros. Éste es el gran precepto que Cristo nos ha enseñado". Las últimas palabras que Jesucristo le dirige en la tierra son casi una duda, una alusión simbólica y ciertamente el signo de un destino singular: "¿Y si yo quiero que éste se quede hasta mi regreso?..." (Juan, XXI, 21-22). Por ello, en su vejez, se difundió el rumor de que no moriría hasta el regreso de Cristo. Falleció al parecer en Éfeso, a muy avanzada edad.



Escrito en lengua griega (e indudablemente en Éfeso, según el autorizado testimonio de San Ireneo), el Evangelio de San Juan suscitó largas controversias acerca de la fecha exacta de su composición. Teniendo en cuenta, sin embargo, el hecho de que el apóstol lo escribió en edad avanzada (como lo atestiguan Epifanio y Eusebio), al regresar de su destierro bajo el emperador Nerva (96-98), y que, según refiere San Jerónimo, su autor murió 68 años después de la Pasión de Jesús, puede establecerse casi con certeza la fecha de la redacción alrededor de los años 96-98 d. de C.

Los dos papiros Ryland's y Egerton, descubiertos respectivamente en 1920 y 1934 en Egipto, nos hacen saber que este Evangelio era reconocido e incluso iba unido a los evangelios sinópticos desde la primera mitad del siglo II. El libro comienza con un prólogo en donde se contiene, más aún que en las páginas de San Pablo, gran parte de la teología cristiana. En él (I, 1-18) se presenta a la persona del verbo de Dios, Luz y Vida, que se manifiesta por medio de la creación y de la encarnación y que da, a los que le reciben creyendo en él, la filiación divina. Ya en estas afirmaciones iniciales aparecen las tres verdades predicadas en todo el libro: Jesús está unido sustancialmente con Dios Padre; es luz (verdad) y vida (gracia) de los hombres; es, finalmente, verdadero Dios.



En la primera parte (I, 19-XII, 50) Jesucristo es revelado al mundo; resplandece en las tinieblas que no quieren recibirle. Esta manifestación de Jesús viene preparada mediante el testimonio de Juan Bautista, la vocación de los discípulos y un primer milagro en el que resplandece la gloria de Cristo. Sigue la primera manifestación pública en Judea, tras la cual es recibido primero por los samaritanos y después por los galileos como Salvador del mundo. Una nueva manifestación en Jerusalén, con el milagro de la piscina probática, suscita el odio de los judíos. En Galilea, Cristo se revela como pan de vida y lo confirma con el milagro de la multiplicación de los panes; el pueblo no cree, ni tampoco sus discípulos; sólo Pedro expresa su fe en las palabras del Salvador.

En los capítulos VII, VIII, IX y X Jesús precisa mucho más su doctrina, con el consiguiente acrecentamiento de la animosidad por parte de los fariseos. Es luz del mundo, y lo demuestra con la curación del ciego de nacimiento. El milagro de la resurrección de Lázaro revela todo su poder y confirma su misión. Jesús va a Efraim, después a Betania en casa de Lázaro, entra triunfalmente en Jerusalén y, por última vez, habla de su grandeza y de su futura exaltación. Llegado a este punto, el evangelista parece hacer una recopilación de lo antedicho hablando de las causas de la incredulidad y aduciendo una categórica afirmación de Cristo.



En la segunda parte (XIII-XXI, 25), resplandece la caridad de Cristo para con sus discípulos. Les da en la última cena los supremos ejemplos de caridad y humildad, y en un postrer discurso los consuela y los confirma en su fe. En su última oración al Padre, Jesús pide su glorificación, la protección y la santificación para sus Apóstoles y la caridad y la unión para todos los que han de creer en él. Desde el capítulo XVIII al XXI, 24 se pone de manifiesto la caridad de Cristo, y su condición mesiánica en la Pasión y en la Resurrección. Los dos últimos versículos nos dan indicaciones acerca del autor del Evangelio y nos informan de que en él no se contiene todo cuanto hizo Jesús.



El carácter más sobresaliente de este Evangelio, si se confronta con los Sinópticos, es su riqueza en discursos y su pobreza en relatos. Esa tendencia sobre todo doctrinal no excluye una exposición histórica. Pero su cronología se limita a las grandes líneas, a la distribución de la vida de Cristo dentro de las Pascuas. El evangelista se propuso un triple objetivo. El primero, dogmático, probar que Jesús es el Mesías anunciado por los Profetas, el verdadero Hijo de Dios (II, 17; III, 14; III, 18; XIX, 24, 28, 36; XX, 31). Jesús es descrito continuamente como el verdadero Prometido por los Profetas, y su divinidad queda claramente atestiguada en todo el libro.

El segundo objetivo que San Juan se propone es apologético: refutar el error de Cerinto, que negaba la divinidad de Cristo; refuta también a los ebionitas, reos de la misma herejía. No pudo pensar en las herejías gnósticas y de Marción, las cuales surgieron posteriormente, pero puede decirse que las destruyó de antemano. Su tercer objetivo es histórico: es evidente en San Juan la intención de completar la narración de los Sinópticos. San Clemente de Alejandría observa que la misión terrena de Jesús había sido confirmada en los otros tres Evangelios, y que a San Juan le incumbía narrar los hechos que atestiguaban el ministerio divino de Jesucristo. Y el propio evangelista lo confirmó (XX, 31).



Por ello descarta muchos hechos que supone conocidos por medio de los otros Evangelios; no refiere todos los preceptos morales del Sermón de la Montaña, no reseña más que cinco milagros de Jesús, no menciona el viaje de Jesús a Galilea; sólo recuerda los milagros y los admirables discursos de Jesús en Judea y en Jerusalén, que los otros habían callado. Si consigna dos únicos hechos anteriores a la Pasión, referidos ya por los Sinópticos (la multiplicación de los panes y el paso de Jesús sobre las olas) es para mejor explicar las palabras del Salvador en Judea y en Jerusalén. Añade, además, el episodio del lavatorio de los pies a la cena, fija la época del encarcelamiento de Juan Bautista, precisa el lugar de las tres negaciones de Pedro, determina las cuatro Pascuas y proporciona el medio de coordinar todos los acontecimientos narrados por los otros tres evangelistas y de establecer una concordancia exacta.

El Evangelio de San Juan procede por afirmaciones teológicas presentadas con autoridad y solemnidad y con elevada forma literaria; el episodio de Jesús y la Samaritana y la narración de la resurrección de Lázaro pueden ser comparados con las mejores páginas de San Lucas. Algún relato, como el de la curación del ciego de nacimiento, tiene en cambio un color más semítico, más próximo al estilo de San Marcos. San Juan es dogmático y teólogo por excelencia: es el poeta y filósofo del espiritualismo católico. Orígenes decía: "Si los Sinópticos son la primicia y la parte mejor de la Sagrada Escritura, el Evangelio de San Juan es la primicia de los Sinópticos y de todo el Nuevo Testamento". San Juan posee en sí algo más dulce y afectuoso que los otros evangelistas: se complace en narrar cándidamente el amor que Jesús sentía por él, y, al formular la teología del cristianismo, acentúa los valores llenos de amor y de misericordia que ya no se separarían de la religión.


Qué hizo Jesús durante su vida oculta?
Ante todo, primero quisiera aclarar que no quiero crear ningún tipo de ánimo en favor o en contra de las religiones. Cada cual es libre de elegir en qué creer o no creer. Aquel que no le guste, puede pasar de largo. Comentarios fuera de lugar serán eliminados. 
Lo segundo que quisiera decir es que estos artículos son algunos trabajos de Ariel Alvarez Valdez, un teólogo algo controversial, pero con unas interesantes teorías sobre algunas partes de la Biblia cristiana y su interpretación. Quizás alguien se interese y comente. 
Queda aclarar que el mismo teólogo sugiere a aquellas personas sensibles en su fe o con un profundo convencimiento, eviten leerlo para no sentirse ofendidas por ciertas afirmaciones que pueden contradecir lo que uno cree desde pequeño. 

¿Qué hizo Jesús durante su vida oculta?
La “vida oculta” de Jesús 
Lo único que conocemos antes de los 30 años de la vida de Jesús es un episodio que le sucedió a los 12 años, cuando se perdió en Jerusalén durante una fiesta de Pascua, y cómo José y María lo hallaron “en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas; y todos los que lo oían estaban asombrados por su inteligencia y sus respuestas” (Lc 2,46-47). Pero inmediatamente después dice el evangelio que volvió a Nazaret, y de nuevo el velo del misterio desciende sobre su vida, oscureciendo todas sus actividades durante los siguientes 20 años. 



Este enigmático silencio sobre la juventud de Jesús hizo que muchos le inventaran historias y relatos increíbles. Así, algunos, con bastante imaginación, afirman que viajó a Inglaterra acompañado de su tío-abuelo José de Arimatea, donde conoció el druidismo (la religión de los celtas) y donde aprendió algunas de las ideas que más tarde enseñaría, como la Trinidad y la llegada del Mesías. Otros sostienen que fue a la India, donde los grandes Budas le enseñaron a leer, a curar enfermos y a realizar exorcismos. Otros aseguran que estuvo en Egipto aprendiendo los secretos de los faraones y llenándose de energía misteriosa en las grandes pirámides. Y los más ingenuos piensan que llegó hasta América para iniciarse en la sabiduría arcana de los pieles rojas. 


Leer bien los evangelios 
Estos relatos se han podido inventar porque, según la creencia popular, los evangelios callan y no cuentan nada sobre los años perdidos de Jesús. Pero ¿realmente los evangelios callan absolutamente? ¿En ninguna parte dan indicios de lo que hizo Jesús durante todos aquellos años? En realidad no es así. El evangelio de San Lucas proporciona dos pistas muy importantes. 
La primera, después de narrar la presentación del niño Jesús en el Templo de Jerusalén a los pocos días de haber nacido. Dice que José, María y el niño “volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. Y allí el niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2,39-40). Por lo tanto, claramente el evangelista nos informa que Jesús pasó los siguientes años de su vida en el pueblo de Nazaret, donde experimentó un desarrollo físico, intelectual y religioso, como cualquier niño de su edad. 
La segunda, luego de contar que el niño Jesús se perdió a los 12 años en la ciudad de Jerusalén y fue hallado en el Templo. Dice que “regresó con ellos a Nazaret, y allí vivió, obedeciéndoles a ellos en todo. Y Jesús seguía creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,51-52). 



biblia 
Uno más del pueblo 
Si nos atenemos, pues, al evangelio, debemos concluir que Jesús no se movió de Nazaret durante todos esos años. “Allí vivió”, dice Lucas. Y allí, en su círculo familiar (“obedeciendo a sus padres en todo”), experimentó su madurez humana, intelectual y psicológica, de la misma manera que lo hacían los demás niños judíos de su tiempo. 
Esto queda confirmado por un episodio relatado en el evangelio de Marcos. Cuando Jesús predicó por primera vez en la sinagoga de Nazaret, los aldeanos galileos, al escucharlo, se asombraron y dijeron: “¿De dónde ha sacado esa sabiduría que tiene, y ese poder de hacer milagros? ¿No es éste, acaso, el carpintero, el hijo de María?” (Mc 6,2-3). 



La vida de Jesús, pues, debió de haber transcurrido de una manera tan ordinaria y normal en su apacible pueblo de Nazaret, que el día que se presentó en público con una sabiduría fuera de lo común los paisanos de Nazaret se sorprendieron. Nunca habían sospechado que él fuera nadie más que “el carpintero”, “el hijo de María”. De haberse ausentado Jesús del pueblo para estudiar y perfeccionarse, como dicen las leyendas arriba mencionadas, los galileos no habrían tenido por qué asombrarse de sus prodigiosos conocimientos. 
Si Jesús no salió de Nazaret durante su infancia y su juventud (fuera de sus peregrinaciones a Jerusalén, o de un viaje ocasional a algún pueblo vecino), ¿qué hizo en todos esos años? ¿Es posible conocer algo de su vida oculta? Sí es posible, gracias a los descubrimientos arqueológicos y literarios que actualmente poseemos. 

¿Cuál era su verdadero nombre? 
Lo primero que hicieron los padres con el niño Jesús, apenas nacido, fue ponerle un nombre. Esto se realizaba en medio de una alegre ceremonia, celebrada al octavo día como mandaba el Génesis (17,12), y ante la presencia de varios testigos. 
El nombre que José y María le pusieron fue el de “Yehoshúa”, que en hebreo significa Josué. Por la Biblia sabemos que en Palestina ese nombre solía acortarse y pronunciarse “Yeshúa”, por razones de familiaridad. A su vez en Galilea, donde se hablaba de una manera distinta al resto del país, y donde vivía la sagrada familia, se lo abreviaba aún más y se lo pronunciaba “Yeshú”. Por eso, los primeros cristianos de origen griego lo tradujeron más tarde por “Jesús”. 



El nombre de Yeshúa, en el siglo I, era uno de los más comunes y ordinarios que había. Así lo vemos, por ejemplo, en el escritor Flavio Josefo, quien en sus obras menciona a más de 20 personas que se llamaban Jesús en la historia judía; de las cuales, por lo menos 10 son contemporáneas de Jesús de Nazaret. 
En hebreo Jesús (o Josué) significa “Dios salva”. Y no le pusieron ese nombre al niño sólo por un homenaje al caudillo hebreo Josué, sino porque, según Mateo, un ángel le dijo a San José: “Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt 1,21). 
¿Aprendió a leer y escribir? 
jesús 
¿Aprendió Jesús a leer y escribir durante su infancia, en un pueblito tan insignificante como Nazaret, o permaneció analfabeto? Muchos piensan que semejante pregunta es absurda, ya que en los evangelios tres episodios muestran claramente que él sabía leer y escribir. 

El primero es aquél en el que los escribas y fariseos le presentaron una mujer sorprendida en adulterio para ver si debían apedrearla o no, y Jesús, en vez de contestarles, “se agachó y se puso a escribir en la tierra con el dedo” (Jn 8,6). El segundo es cuando se presentó en la sinagoga de Nazaret, y lo invitaron a leer el libro del profeta Isaías (Lc 4,17). El tercero es aquél en el que los judíos, al escucharlo predicar en Jerusalén, se preguntaron maravillados: “¿Cómo es que éste sabe escritura sin haber estudiado?” (Jn 7,15). 
Pero lamentablemente ninguno de estos tres textos sirve para probar la capacidad de lectura y escritura de Jesús. 



El primero, porque al mostrar a Jesús “escribiendo” con el dedo en el suelo, pero sin mencionar para nada qué es lo que escribía, ha llevado a pensar que sólo trazó unas líneas sobre la arena, con la intención quizás de hacer ver su molestia a los acusadores de la mujer, pero sin tratarse de ninguna escritura real. 

El segundo, porque el texto del profeta Isaías que Jesús lee en la sinagoga de Nazaret, así como está, no existe. Es un pasaje construido por el evangelista Lucas con versículos salteados de ese libro (es decir, de Is 61,1; 58,6; y 61,2). ¿Cómo se las hubiera arreglado Jesús para leer en el libro de Isaías un pasaje semejante? 
El tercero, que presenta a Jesús sabiendo “escritura” sin haber estudiado, en realidad no dice que Jesús supiera “escribir”, sino que sabía usar las Sagradas Escrituras (es decir, el Antiguo Testamento) en una discusión teológica, cosa que podía haber aprendido oralmente, sin saber por eso leer. 



Los dos ciclos de estudio 
No tenemos, pues, en los evangelios pruebas seguras de que Jesús supiera leer y escribir. ¿Podemos averiguarlo por otro lado? Sí. 
Por la literatura judía sabemos que cuando Jesús era niño existía en Nazaret, como en los demás pueblos de Palestina, una pequeña escuela, donde concurrían los niños a partir de los 5 años. El local estaba pegado a la sinagoga, y el programa escolar constaba de dos ciclos básicos. 
El primero duraba 5 años. Los niños comenzaban aprendiendo las letras del alfabeto hebreo, y luego se iniciaban en la lectura de la Biblia, empezando por el libro del Levítico. De ahí pasaban a los demás libros bíblicos, repitiéndolos versículo por versículo, hasta que aprendían el texto sagrado casi de memoria. En la Biblia los alumnos estudiaban todo: la lengua, la gramática, la historia, la geografía. 



Terminada esta primera etapa los niños pasaban al segundo ciclo, que duraba 2 años. Allí se aplicaban al conocimiento de la “Ley Oral” judía (llamada Mishná), es decir, a las interpretaciones y complementos que los doctores de la Ley hacían de las leyes bíblicas. 
Al llegar a los 12 años, los niños terminaban sus estudios. Si alguno era particularmente brillante, entonces podía cursar estudios más avanzados; para ello debía viajar a Jerusalén o a alguna otra ciudad importante del país, e inscribirse en las escuelas dirigidas por los más célebres doctores de la Ley. Pero eso era privilegio de algunos pocos; la mayoría de los jóvenes se reintegraban a sus familias, donde empezaban a aprender de su padre una profesión para ganarse la vida. 
Sin duda que Jesús, durante su infancia, asistió como todos los niños de su época a los dos ciclos básicos escolares en la sinagoga de Nazaret, donde aprendió a leer y a escribir. Pero no parece haber recibido la enseñanza superior propia de los centros urbanos como Jerusalén. El comentario que de él hacían los judíos diciendo: “¿Cómo es que éste sabe escritura si no ha estudiado?” lo confirma. 


sagrada familia 
¿Jesús era carpintero? 
¿Qué profesión practicó Jesús durante su adolescencia? Sabemos que todo padre de familia judío procuraba para su hijo una ocupación, pues los rabinos decían: “El que no le enseña a su hijo un oficio, le enseña a robar”. San Marcos, tal como vimos, dice que cuando Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret los aldeanos comentaron: “¿No es éste el carpintero?” (Mc 6,3). De ahí se pensó siempre que Jesús fue carpintero. 



Pero muchos han puesto en duda esta afirmación. Primero, porque los otros evangelios traen una versión diferente. San Mateo, por ejemplo, dice que la pregunta de la gente fue: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt 13,55), es decir, le atribuye el oficio de carpintero a San José, no a Jesús. Mientras que San Lucas presenta a la gente preguntando: “¿No es éste el hijo de José?” (Lc 4,22), con lo cual ninguno de los dos aparece como carpintero. 
Segundo, porque Nazaret, ubicada en la fértil región de la Galilea, era un pueblo de campesinos, donde sabemos que la mayoría de sus habitantes se dedicaba a la agricultura y a criar ganados. 
Y tercero, porque en casi todas las parábolas de Jesús hay imágenes del ambiente agrícola (el sembrador, la cizaña, la viña, la higuera, la semilla de mostaza, etc), y no del ambiente de la carpintería. 

Sin embargo hoy los biblistas han concluido que Marcos, el primer evangelista que escribió, no se habría animado a llamar a Jesús “carpintero”, ocupación que gozaba de poco prestigio en aquella época, si no fuera porque efectivamente era cierto. En cambio sí hay motivos para que Mateo haya cambiado la información: como él buscaba acentuar más la figura solemne y majestuosa de Jesús, pensó que tal atribución era irrespetuosa, por lo que prefirió transferírsela a José. Y Lucas, más sensible aún que Mateo, vio como una burla de los galileos la mención de semejante oficio, y optó por suprimirlo tanto de José como de Jesús. 
Y el hecho de que sus parábolas aludieran tanto a la agricultura se debe a que su auditorio estaba formado, en su mayoría, por agricultores, por lo que buscó amoldarse a ese lenguaje. Podemos, pues, concluir que Jesús, durante los 30 años de su vida oculta, trabajó como carpintero. 
vida oculta


¿Cómo rezaba Jesús? 
Otras de las cosas que aprendió Jesús durante su adolescencia en Nazaret fue a rezar, ya que todo niño israelita, a partir de los 13 años, adquiría el hábito de orar tres veces por día: a la mañana, al mediodía y a la noche (Sal 55,18; Dn 6,11; Hch 10,9). Para ello se le enseñaba a cubrirse la cabeza y los hombros con un manto especial, llamado “talit”, el cual tenía colgados en sus cuatro esquinas unos flecos llamados “zitzit”. 
Estos flecos representaban todas las leyes divinas, que ellos observaban de corazón por las “cuatro esquinas” de su vida. Eran en total 32 (8 flecos en cada esquina), porque el número 32 simboliza la palabra “corazón” en hebreo. El uso de los flecos lo había ordenado Dios a Moisés en el libro del Deuteronomio: “Habla a los israelitas para que se pongan unos flecos en la punta de sus mantos. Así, al verlos, se acordarán de todos los mandamientos del Señor” (15,37-41). 



Dos eran las oraciones que un judío, desde su adolescencia, debía recitar cada día. La primera se llamaba “Shemá” (en hebreo: “Escucha”), porque comenzaba diciendo: “Escucha, Israel: Yahvé es nuestro único Dios”. Más que una oración era una profesión de fe, sacada del libro del Deuteronomio (6,4-7). Y la segunda era la llamada “Shemoné Esre” (en hebreo: “Dieciocho”) porque consistía en dieciocho oraciones (tres alabanzas, doce peticiones y tres agradecimientos a Dios). 
En estas oraciones, repetidas a lo largo del día, el niño Jesús fue aprendiendo a llamar a Dios “Padre nuestro”. Y fueron éstas las que crearon el clima espiritual en el que creció, y las que marcaron profundamente su psicología religiosa de niño. 

¿Adónde iba los sábados? 
Desde su infancia, y acompañado por sus padres, el niño Jesús concurría los sábados a la sinagoga de Nazaret. Como cualquier otro niño, se habrá sentido aburrido y distraído ante las interminables oraciones de la asamblea, que duraban casi toda la mañana, y que le resultarían difíciles de seguir porque eran en hebreo, lengua que él no entendía ya que hablaba el arameo. Pero con el paso de los años fue aprendiendo las plegarias y los ritos, hasta que se le volvieron familiares. 


Además de concurrir a la sinagoga, el sábado debía ser venerado mediante la práctica del reposo total. Así, desde el viernes a la tarde el niño Jesús debió de ayudar a su madre María en los preparativos de la celebración: traer doble provisión de agua, limpiar la humilde vivienda, colocar en su lugar las herramientas de trabajo, mientras María preparaba las dos comidas: para el viernes a la noche y el sábado al mediodía. 


Minutos antes de comenzar el sábado, es decir, el viernes por la tarde, el pequeño Jesús de pie ante la mesa asistía al rito de la luz, tradicionalmente reservado para las mujeres de la casa: María pronunciaba una bendición y luego prendía una lámpara que permanecía encendida hasta la mañana siguiente, cuando se levantaban para ir a la sinagoga. 
De regreso al mediodía, se reunían las familias del pueblo en grupos para compartir un almuerzo común, en el que se hablaba principalmente de temas religiosos. 
Preocuparse por el hoy 



La vida oculta de Jesús, pues, no tuvo nada de extraordinario ni prodigioso, como la pintan las absurdas leyendas tejidas sobre ella. Fue en esta atmósfera sencilla y familiar, propia de los poblados de Galilea, donde el niño Jesús creció, maduró y descubrió la vida. El coro de los chicos en la escuela, la voz de las muchachas en la fuente de agua, el monótono golpear del martillo en la carpintería, el grito repetido de las madres llamando a casa a sus hijas entretenidas en la calle, fueron el clima que Jesús respiró y asimiló durante 30 años. 



Y cuando un día su Padre del cielo le pidió que dejara todo y saliera a predicar el mensaje de salvación a sus hermanos los hombres, nunca se arrepintió de los años transcurridos en su pueblo, en su casa y con su gente; de sus años ocultos y silenciosos; de su trabajo en el taller y de sus reuniones con amigos. 


Nunca consideró ese tiempo como “perdido”, pues vivió cada día y cada época como la mejor que tenía. Y así también lo enseñó, cuando fue mayor: “No se preocupen por el día de mañana; mañana ya habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas” (Mt 6,34). 


La Vida y Obra de Jesús de Nazaret


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